domingo, 4 de diciembre de 2011






Trescientos segundos palidecieron
como el grisáceo cielo
luego de ensombrecer tus pasos
con mis pestañas,
luego de polinizarte
con el pensamiento.

Las piedras amorfas del mural
continúan frenéticas en su sitio,
frenéticas para sí.
Cadáveres humanos deambulan sobre el asfalto
Todos cadavéricos
Uno palpitante.
Sólo uno
Sí, tú.
Pero te alejaste como barca en altamar
Sin rumbo fijo, pero con libertad...

Corcho de ilusiones
cubriendo el vino fermentado
de añoranzas vencidas.
Beberé el elixir del silencio
para ahogarme en él por un instante
y embriagarme con la exquisitez
de la indiferencia.

Las medias desmadejadas se conservan
en el desván de mi conciencia
esperando a ser usadas
para despertar el deseo vehemente,
la saciedad muda,
el placer sepultado.

Maldigo la minifalda que se alimenta
de afrodisíacos
y sonríe con el aroma
de la testosterona.
Ponérmela tan siquiera de casualidad
despertaría la entrega oculta,
el amor soñado.

No es de otra manera;
sino danzando entre los cascabeles
del libertinaje.
No es de otra manera;
sino regresando al génesis
para desvestirme y dilatar pupilas
y dilatar pasión...

Me compraré entonces
los tacones rojos de aquella tienda exclusiva
y confundiré con mis huellas
tus ansias envueltas
de carne pútrida.

Aquí me encuentro sentada
en la silla ajada por los años,
así como yo,
ajada por el recuerdo.

Acechar de mordiscos
cualquier pecho masculino perdido
para encontrarme en él y sonreír hipócrita,
ardiendo de dolor en las entrañas.

Mi cuerpo como pasabocas
de hormonas desconocidas
y miembros por conocer.

Ser la de los cabellos de seda
provenientes de capullos etéreos.
Ser la de las lágrimas negras
caudalosas en invierno,
en soledad.
Ser la del pintalabios rosa,
sabor canela,
sabor veneno.

Y me veo aquí
como la mujer puta que no soy
Pero desgarradamente desarías que fuera
para amarme,
al menos por una vez
en tu efímera vida.

|-|-Kelly Schweigen-|-|

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