...
¡Ay de mis lágrimas!,
fatigadas de vagar,
de recorrerme, socorrerme y embriagarme
en las absurdas noches
en las que acudo a tu recuerdo
y me veo a tu costado
perdida y aprisionada
en tu iris acanelado…
Aquel que atesora temores y soledades.
Te quiero porque te quiero
Y no me queda nada más que decir…
Qué tan siquiera los sueños logren llenar
el vacío de tu ausencia
Que tu piel me seduzca en uno de ellos
Y tu voz me susurre al oído el soneto del silencio
como en otrora;
cuando me incitabas el cerrar los ojos
para descubrir el infinito.
Cuando tus dedos oxidados
dibujaban círculos en mi rodilla
sin ninguna explicación
y besabas mi mano
en el verde camino
mientras yo contemplaba tu ser.
Cuando tu lengua se asomaba salerosa
por la caverna de tus palabras suprimidas
opacando mi inseguridad.
y desvelando mi sonrisa.
Cuando enaltecíamos la luna,
cómplice de nuestro andar,
testigo de nuestro comenzar.
testigo de nuestro comenzar.
Tus parpadeos se pintaban
de naranja al mirarme
y las voces estorbaban;
reencarnándose el silencio en nuestros labios.
Cuando percibía tu índice pasearse por mi palma
y yo me imaginaba
la pasión vestida de rojo.
Era secreto.
Maldigo el anhelo de que me quieras dos veces,
tres, cuatro, cinco…
Maldigo el saber de tu olvido
Maldigo el tiempo
Maldigo el tiempo
Maldigo tu rostro empañado
en el cristal de mi memoria.
Maldigo el no tenerte,
pero más maldigo tu presencia.
¡Maldigo, maldigo, maldigo!
Maldigo que te quiero.
Maldigo decir te quiero por tercera vez en este poema
Y que todo siga igual…
Dime…
¿Si un cuerpo se entierra,
cómo se sepulta el vacío?
Llévame al panteón de las ausencias
Yo compro la lápida
y escribo el epitafio.
El ataúd son las reminiscencias
Los gusanos, mis sentimientos
La tierra, mi despedida
Los lirios, el olvido.
Y cómo me duele pensar
que aún así no se me va el deseo
de oír que llaman a la puerta
y que al asomarme
seas tú….
Regresando de tu partida.
|-|-Kelly Schweigen-|-|

